Entre los años 1915 y 1920, cuando los caminos eran huellas de polvo y las noches se alumbraban apenas con la luna, un nombre comenzó a circular en voz baja por el Departamento de Mburucuyá. Anastacio Ceferino Riquelme. Para algunos, un simple cuatrero; para otros, una sombra escurridiza que burlaba a la ley como el viento entre los pastizales.
Anastacio conocía el campo como quien conoce las líneas de su propia mano. Esperaba el momento exacto: la noche cerrada, los troperos rendidos por largas jornadas de marcha, el ganado quieto bajo el silencio estrellado. No actuaba solo. Un perro fiel y astuto se deslizaba entre la hacienda, apartando sigilosamente un animal de la manada. A pocos metros, oculto entre sombras, Anastacio lo enlazaba con rapidez y desaparecía rumbo a un escondite que nadie logró descubrir.
La policía lo buscó durante años. Sabían de sus robos, pero jamás lo sorprendían en el acto. Era como si la tierra misma lo protegiera. Hasta que un día, el destino jugó su carta: mientras conducía un animal robado, Anastacio se cruzó de frente con la autoridad. No hubo palabras ni resistencia. Fue detenido y llevado a la comisaría.
Allí comenzó su calvario. Por orden del comisario, fue colocado en el cepo. Día tras día soportó el dolor y la humillación sin decir una sola palabra. Por las noches lo retiraban para encerrarlo en el calabozo, y al amanecer volvía al cepo, endurecido por el silencio y la obstinación.
Al quinto día, cuando el sol del mediodía caía pesado sobre el pueblo y los policías se reunían a almorzar, ocurrió lo impensado. Anastacio logró liberarse. Nadie vio cómo. Nadie escuchó un ruido. Simplemente, ya no estaba.
Se organizó una búsqueda intensa por Mburucuyá y por los departamentos vecinos. Se rastrearon montes, esteros y caminos viejos. Pero Anastacio Ceferino Riquelme se desvaneció como un rastro en la arena barrida por el viento.
Nunca más fue visto. Nunca más fue atrapado. Y así, su nombre quedó suspendido en el tiempo, convertido en leyenda, en una de esas historias que el campo guarda celosamente y que todavía hoy se cuentan al caer la noche, cuando el silencio parece tener memoria.
FOTO MEJORADA POR MAXI URIBE.
RELIQUIAS DE MI PUEBLO.
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